NOS DIRIGIMOS HACIA UNA SEGUNDA HABANA???
Acà dejo un fragmento de la novela ¡La Habana nunca màs!, de Wolfango Montes Vannuci, escritor cruceño; premio Casa de las Amèricas 1987 con Jonàs y la ballena rosada.
Me mueve dejar este pasaje del libro porque en èl se refleja el mismo temor que estamos sufriendo los bolivianos, y màs concretamente los cruceños, al ver cada dia cerrarse el circulo de libertad que debemos gozar todos los habitantes de un país democrático y respetuoso de las leyes y derechos de sus habitantes, porque cada dia estamos viendo còmo nuestros derechos democráticos están siendo vulnerados al impedírsenos la libre expresión y acción so pena de ser tildados de separtistas, terroristas, etc. etc.
¿Què te ocurrió, Marcela, que te dejó en pánico? ¿La culpa estarà en tu ex esposo, que usò su poder para dejarte paranoica? Tal vez esos temores surgieron cuando le fuiste infiel y volvìas de la cita amorosa demasiado maquillada, ya que te cuidabas para no dejar indicios. Imagino que èl pensaba que te arreglabas para seducirlo y afirmaba que nunca vivieron un período amoroso tan apasionado. ¿Temes ahora que èl descubra la dimensión total de tu engaño y que se vengue?
Marcela ahora sufre muchos miedos. Por ejemplo: teme que le cuenten a Fidel que ya no lo admira como lo admiraba antes. Fidel es el dios que brilla en todos los altares del país. Fidel es infalible como el Papa y justo como Dios. Fidel le recuerda ese ojo divino de las fàbulas religiosas, un ojo inmenso allà en el cielo que observa las mìnimas acciones. Ese ojo que sabìa en la infancia que la perseguìa en el baño cuando pensaba tocarse allì abajo. Pues en algún momento de la infancia creyó en el Dios de la Biblia. Cuando creció lo substituyò por un dios de carne y hueso. Las chicas burquesas, en los países capitalistas, tenìan a Ricky Martin para admirar, ella tuvo a Fidel, le fascinaba la pinta del comandante, con su uniforme que nunca se lo cambiaba, nunca parecía ensuaciarse, y quizá nunca era lavado. El comandante con su enorme puro, cuya imagen le causaba los estremecimientos que sòlo un psicoanalista burgués comprenderìa. Grababa sus discursos y cada palabra que pronunciaba Fidel merecía la perpetuaciòn y registro. Nadie se cansaba de las peroratas de cuatro horas, como nadie se quejaba que un show de rock se prolongase la noche entera. Mientras Fidel habitase en el palacio de la revolución estaríamos protegidos.
Hoy se asustaba con no pensar igual que la masa del país. Habìa viajado, había visto còmo actuaban, còmo vivìan los seres humanos en otros países. Le surgieron dudas. ¿Y si Fidel fuera un megalomanìaco, tiránico y loco? ¿Si estuviera equivocado y ella había mamado de una doctrina falsa desde el momento que nació? ¿Si Fidel fuera un ser maligno? Asìmismo , èl continuaba siendo todopoderoso, cuestionar la ideología era prohibido en su país, pensar asì la convertía en agente del imperialismo.
Marcela teme a esa organización en que todos los habitantes estan registrados, en que su ficha contiene los hechos y pensamientos de toda su vida. Vivìan en una colmena, con la gigantesca abeja reina y ellos alrededor, millones de pequeñas obreras. Marcela teme que examinen su ficha en la que han registrado sus fallas, daría todo por leer ese documento, archivado en el oscuro rincón de un escritorio. Le gustaría destruir esa ficha. Tambièn teme lo opuesto, que hayan quemado su ficha, que cuando necesite viajar, cobrar un salario, recoger cupones, que busquen su nombre y no lo encuentren. Sabe que la mayor punición en un estado burocrático es la desaparición del sistema.
¿Què me ha sucedido?, se preguntò Marcela. Vivo asustada, el país ya no es mi hogar, sino mi prisión, pienso de una forma obsesiva, persistente, enloquecida, en irme de aquí. ¿Què me sucedió? Yo que fui una niña que en el desfile del primero de mayo saludaba al comandante flameando una pequeña banderita. Hubo un tiempo en que tuve fe en la revolución, en que llevaba nuestra ideología al exterior. Cuando viajaba a algún festival, o para bailar en el extranjero, me consideraba representante del único paìs libre de Amèrica, y hasta cuando enamoraba en el exterior y me sacaba las ropas, hacìa el amor con los pobrecitos hombres de los países alienados con generosidad para que probasen el sabor de una hembra realmente liberada. Mi amor por el país era casi erótico, si te cuento que cuando tenía dieciséis años pintè en los calzones el retrato del Che, nadie me lo creerìa. La revolución habitaba en mi cerebro pero también en mis entrañas. ¿Què me ha sucedido? Ahora sè que no puedo viajar nunca màs, que quizá nunca màs filmarè, que lo poco que me sobra es actuar en una pieza de teatro universitario, es posible que nunca màs publique otro libro. ¿Merecì este castigo?, ¿soy un ser tan malo, tan horrible?
¿Era ella culpable por haber viajado y percibido que el mundo era màs ancho que su isla? Sì, era verdad, había aprendido que existen seres humanos que cuando toman decisiones no necesitan de la autorización de un partido político. Era estremecedor conocer a personas dignas que nunca habían usado la palabra revolución y que vivìan con otras preocupaciones en la mente. La vida material la había fascinado, sabìa que sus primas en Miami pasaban las tardes en shoppings centers comprando los màs bellos artículos que jamàs había visto, perfumes cuyos nombres ya eran un poema. Habìa comprendido que no era tan difícil disfrutar de esos placeres. Cuando se abrió ese otro mundo, fue efìmero, de inmediato desapareció. Habìa sufrido horrores en los ùltimos años. El horror del encierro, de estar condenada a nunca màs salir del perìmetro de la isla, de percibir que su vida se volverìa cada dìa màs mediocre, de que si no existen amigos generosos que te protejan terminaràs pobre y olvidada en una apartamento de La Habana. Y también sufrìa del horror de considerarse una traidora, un ser que la sociedad abominaba y que por generosidad y humanitarismo no había sido condenada al piquete de la plaza pública. “He sufrido esos horrores. ¿Y sabes una cosa?, el horror no te transforma en una ser humano mejor.”